Invariablemente, ciertos viajes acaban llevándote hasta el culo del mundo. Ya sea en forma de Bad Peterstal, ya sea en forma de Mestas de Ardisana. El frescor matutino me ha llevado a echar un vistazo al pueblín, y en la puerta ya me he encontrado con la señora Aurina, que me ha hecho algunas recomendaciones. Después, una surrealista conversación con ¿el loco del pueblo? en el puente, mientras intentaba hacer unas foticos, hemos salido hacia Cangas, que había mercado (y por tanto, el súper estaba abierto). Aquí unas imágenes de casa Xico y de nuestra casa, La quintana de segunda.
El camino que nos había recomendado Doña Aurina era una especie de camino de cabras, bien asfaltado y con guardarraíles en los puntos más peliagudos. Una vista que quitaba el hipo, pero tenías que ir a una velocidad de tartana que nos lo ha hecho interminable. De hecho, a la vuelta hemos dado más rodeo, pero como la carretera era mucho mejor, hemos tardado menos.
En el mercado, cada campesina llevaba las 3 lechugas, 20 tomates y 15 cebollas que tenía de superávit. Un precio un poco aleatorio, pero todo riquísimo.
En Ribadesella hemos optado por comer unos bocatas en la playa de Santa Martina, donde se ha producido mi bautizo de mar en el Cantábrico. Al principio no pensaba que sería capaz de meterme en un agua tan fría, pero en cuanto ha empezado el jugueteo con las olas, se estaba de lujo.
Un par de accidentes con la subida de la marea han acabado con las toallas empapadas y rebozadas en arena. Así que hemos optado por cruzar al otro lado de la ría del Sella y ver el centro histórico del pueblo. Por el camino, hemos visto la carrera Master del duatlon por las fiestas del pueblo.
Hemos seguido el camino a la playa de San Antolín, para buscar la playa de Guilripiyu, pero las trabas del camino han hecho que nos acongojáramos y decidiéramos volver.
Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada