El día ha amanecido soleado, así que pese a nuestro color rojo gamba (no se ve mucho, pero el dolor estaba bajo la ropa), hemos ido hacia Cudillero, ese pueblo de calle principal estrecha y sinuosa que desembarca en un puerto algo maloliente y que le quita encanto al pueblo, donde está el aparcamiento.
Hemos dado una vuelta, buscando desesperadamente la sombra, y hemos ido a comer a Casa Fernando II (El Rellayo), donde bajo un aparente aspecto de hotel-restaurante de carretera hemos comido muy bien. Olga y yo nos hemos tomado unas fabes con almejas, aunque el resto también ha quedado muy satisfecho con sus platos. ¡Y tenían café de verdad!
Después hemos visitado la Playa del Silencio, impresionantes las vistas. Lástima que la limpieza de la misma dejaba que desear, el día se había nublado y el mar estaba revuelto.
Algunas vistas nos recordaban a la isla de Lost.
Hemos continuado la ruta hacia el cabo de Peñas, done también hay acantilados. Hemos buscado ballenas y delfines, infructuosamente.
Después queríamos ir a Avilés, pero la manía de los asturianos de indicar mal los parkings ( y todo en general) ha hecho que volviéramos hacia casa. Además, llovía y estábamos cansados. Avilés nos puede esperar, el Barça no.
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